viernes, 29 de septiembre de 2017

Lo que dejan las tragedias

Cuando la naturaleza decide mostrar que es la que manda, a la humanidad no le queda más que asumir que es simplemente una de las tantas especies del planeta. Una que afortunadamente tiene la capacidad de aprender, de adquirir conocimientos reutilizables para el futuro y de reconstruirse como civilización.
Archivo digital www.eltiempo.com.ve
Les voy a contar una historia que jamás había escrito, pero que en lo personal me enseñó a ver las tragedias naturales con otra mirada. Y es que, aunque a veces no podemos darle explicación a lo que ocurre, reconocer el aprendizaje oculto en cada experiencia dolorosa es vital para seguir viviendo.

En 1999, Venezuela hizo frente a uno de los desastres naturales más crueles de su historia -el Deslave de Vargas- hecho que fue incluido en el libro Guinness de récords como el alud de barro con  mayor número de víctimas mortales. Para ese entonces me estrenaba como periodista y tenía poco tiempo de haberme mudado al Oriente venezolano, con una familia en construcción, dos hijos pequeños y el ímpetu de una veiteañera llena de ganas de comerse el mundo con poca paciencia y poca experiencia en eso de aproximarse al lado humano de una tragedia natural.

Desde los primeros días de diciembre de ese año, los medios de comunicación comenzamos a seguir una noticia: una vaguada estacionaria causaba alarma en el norte del Mar Caribe.  El Oriente Venezolano estaba literalmente inundado y la zona se caracterizaba por la inoperancia de sus sistemas de drenaje y la lentitud en la actuación de los gobernantes. Era una situación de emergencia, con damnificados y personas que debían desalojar sus viviendas por la precariedad de las mismas. Pero lo que jamás nos imaginamos es que a unos cientos de kilómetros al oeste, en el icónico Estado Vargas, puerto principal de la nación,  "la montaña avanzaría hacia el mar" dejando a su paso un número no precisado de fallecidos, al menos 94 mil damnificados y más de 130 mil evacuados, según cifras oficiales.

La solidaridad de la población no se hizo esperar, de forma instantánea se improvisaron centros de acopio incluso en localidades remotas del país. Fuera de las fronteras hubo muchos gestos solidarios y aunque no se materializaron como debieron, por torpeza política, el apoyo fue innegable. Casi al unísono en el diario para el cual trabajaba decidimos sumarnos a la iniciativa y para ello convertimos un muy pequeño y nada cómodo estacionamiento en un centro de recolección de insumos.

Sabíamos que no estábamos en capacidad de repartir esos insumos, así que una inteligente jugada de nuestra directiva nos enlazó con las autoridades de Protección Civil, y todo lo recaudado se enviaba a esa dependencia. Con el paso de los días al Oriente venezolano llegó un contingente de damnificados del Estado Vargas, que se sumaron a los locales. Durante la emergencia se habilitaron galpones en una institución portuaria y allí se les ofreció refugio.

Sin embargo, la ayuda fue menguando y también el interés por la noticia. Las tragedias tienen un efecto de inmediatez  y siempre surge un nuevo tema, una nueva situación, un nuevo asunto que acapara la atención de la opinión pública y también la de los periodistas. Pero las reconstrucciones no son rápidas y tampoco son sencillas, a veces se nos olvida que cuando hay tanto por hacer se nos confunde el inicio. Y mientras los no afectados buscaban poco a poco retornan a la normalidad, las víctimas aprendían a vivir con el dolor de sus pérdidas y se adaptaban a su nueva condición de sobrevivientes, por la que pagaron un alto precio.

A cada damnificado que se trasladaba hasta la sede del diario en busca de ayuda le explicábamos exactamente lo mismo: lo recaudado se canalizaba a través de las autoridades gubernamentales de salvamento y por tanto su mejor opción era permanecer en los refugios.

Casi dos meses después de la tragedia, me encontraba en la redacción del diario cuando el vigilante me llamó por teléfono y me pidió que bajara a atender a unas personas. Ya me había acostumbrado a dar este tipo de atención. Llegaba algún damnificado que había viajado por cuenta propia a la zona para intentar comenzar de nuevo y casi siempre necesitaban información.  Pero en esta oportunidad era otra la historia. En las sillas de la entrada del periódico se encontraba un moreno alto, con la ropa desgastada junto a una mujer que tenía un niño en brazos. La mujer no dejaba de derramar lágrimas y el moreno tenía una pierna vendada que la verdad no se veía nada bien.

El hombre, cuya edad no superaba los 30 años, me pidió que lo escuchara, y al hacerlo me contó que había podido escapar del deslave en compañía de una familia de Vargas que poseía una lancha. Es decir, huyeron solos.

En la lancha llegaron ocho personas. La familia propietaria de la embarcación -integrada por cinco personas- se refugió en casa de unos familiares; El moreno, junto a su esposa y su bebé, se fue a uno de los galpones que servían de albergues en el puerto local. Lo habían perdido todo, pero habían logrado sobrevivir. Cuando quise interrumpir el relato del hombre para explicarle que no teníamos insumos para darle, las lágrimas de su esposa se multiplicaron y el muchacho me pidió que le regalara unos minutos más de mi tiempo. No sabía que hacer así que accedí,  y así descubrí que la noche en que la montaña arrastró su casa hasta el mar, él desatendió las señales de alerta.

En su relato, el muchacho me contó que cuando el río de agua, piedras y lodo comenzó a golpear la pared del patio de su casa  pensó en huir, sin embargo sus padres, con quien vivía, se opusieron, argumentando que era muy de noche y que los nietos estaban dormidos. Solo dos horas más tarde la situación empeoró, el agua era incontenible y se llevó la primera pared de la vivienda y en cuestión de minutos todos estaban siendo arrastrados calle abajo.

Como pudo logró agarrar a su esposa, que abrazaba con fuerza a su pequeño hijo de unos pocos meses de nacido. Sin embargo su mamá, su papá y su niña de 6 años de edad desaparecieron en medio de la noche y la riada. En algún punto de la caída de agua encontró una estructura a la cual agarrarse, se sostuvo con fuerza y se incorporó. Vio que había más gente tratando de escapar e instintivamente intentó hacer lo mismo. Pero comenzó a perder las fuerzas y cuando estaba a punto de volver a ser arrastrado, junto a su esposa y su niño, unas manos lo sostuvieron, lo halaron con fuerza y lo despegaron del caudaloso río. ¿Un milagro? quizás, a veces toca creer sin tanta racionalidad.

El hombre, su esposa y sus niño se unieron a un grupo de sobrevivientes que durante tres o cuatro días recibieron refugio en un edificio. Cuando sintieron que se había reducido el peligro decidieron recorrer la zona en busca de personas atrapadas y ayudar como podían. De acuerdo a su relato todos incansablemente levantaban escombros y removían en lodo llamando a su pequeña hija, a su mamá y a su papá; también repetían los nombres de sus vecinos y conocidos en medio de lo que una vez fue su barrio.

Cuatro o cinco días más tarde decidieron caminar para salir del lugar y encontrar ayuda. La desesperación por no tener alimentos ni comida era muy grande y algunos se olvidaron de la solidaridad que los había ayudado a sobrevivir y desataron el caos. Fue así como llegaron a la marina local que, aunque estaba medio destruida, tenía algunas lanchas almacenadas en pajareras (estructuras de altura) que las mantuvieron a salvo. Allí conoció a la familia que tenía la lancha, pero no al capitán y decidieron aliarse para la huida.

La historia era sin dudas conmovedora, pero hasta ese punto yo no entendía qué era lo que aquel hombre necesitaba. A ratos pensaba que solo quería desahogarse y por eso lo dejé continuar. En un nuevo intento de mi parte por parar la conversación el hombre finalmente expresó lo que quería: "Licenciada, necesito que me ayude a regresar a Vargas. Aquí en el albergue encontramos a una vecina que me dice que mi niña está viva, ¡está viva! y la tiene una conocida que está en Vargas".

Estoy segura que mi cara fue un poema, porque el hombre rápidamente me tomó la mano y me miró fijamente mientras me decía que no estaba loco, que estaba muy seguro, pero que no tenía dinero para el pasaje de bus y que además necesitaba que alguien le comprara el boleto, porque tampoco tenía documentos de identidad, así que se había propuesto encontrar a alguien que lo ayudara.

Cuando logré liberar mi mano ya estaba emocionalmente comprometida con su historia, la objetividad la había lanzado a la papelera hacía rato y sólo pensaba en ayudarlo, así que subí a la redacción a buscar ideas, mientras mis compañeros me explicaban que quizás el hombre sufría de estrés post traumático, que las posibilidades de que encontrara a su hija luego de casi dos meses eran nulas o casi nulas, que era imposible comprarle el boleto de transporte terrestre sin papeles e incluso analizamos la posibilidad de que fuese un estafador. Sin embargo, en medio del brainstorming a una colega se le ocurrió una idea brillante y simple: contactar a la primera dama del estado, que era  mamá y periodista, para contarle la historia, ya que quizás con los datos de la niña las cuadrillas de Protección Civil que viajaban de forma constante al Estado Vargas podrían dar con su paradero.

La respuesta que obtuvimos fue maravillosa, una camioneta de Protección Civil se trasladó hasta la sede del diario para buscar al hombre y su familia. Cuando lo vi partir solo esperaba haber hecho lo correcto y sentía unas ganas incontrolables de abrazar a mis hijos. Durante algún tiempo pensaba en el relato con curiosidad. Pero jamás me atreví a escribirlo y tampoco le di seguimiento, quizás porque en mi mente el desenlace no era feliz y eso chocaba con lo que deseaba con el corazón.

Ocho o 10 meses meses después, una pauta me hizo trasladarme hasta el  Puerto de Guanta. El mismo que había servido de albergue a los damnificados de Vargas y en cuyas inmediaciones sería inaugurado un mercado pesquero. El evento la verdad no llamaba mi atención, sin embargo tocaba darle cobertura. El puerto estaba lleno de gente, el calor era agotador y nadie pensó en la prensa, así que estábamos bajo el sol esperando a un gobernador de esos que llega "elegantemente" una hora y media tarde. Tras los actos protocolares salí corriendo del lugar pero,  a pocos metros de mi carro, sentí que me silbaban y luego escuché que me gritaban con insistencia. "Licenciada párese, no corra, por favor". Así que me detuve a esperar a quien me gritaba y allí vi a un moreno alto y fuerte caminando hacia mí con gafas oscuras, chaleco reflectivo y casco. En una de sus manos llevaba un vaso de jugo de frutas y en la otra una bolsita marrón.

Cuando el hombre llegó a unos centímetros de mí, extendió sus brazos y me preguntó:
-¿usted comió? aquí le traje una empanada de cazón, una de pollo y un jugo para que se refresque- Supongo que una vez más mi lenguaje corporal me delató ya que el moreno entre risas me dijo: "licenciada quite la cara de susto que soy yo, el muchacho de Vargas".

Él y yo caminamos hasta mi carro y allí nos sentamos, en la sombra, a conversar. Me pidió que me comiera lo que me había entregado y así lo hice, mientras me moría por conocer qué había pasado con su pequeña hija, pero no encontraba las palabras para preguntarle. Por fortuna en lo que le di el primer mordisco a la empanada el moreno me miró y me dijo: ¿Y usted no me va a preguntar nada? pues bueno yo le voy a contar ¡Claro que encontré a mi niña! 

Pasamos al menos dos horas conversando, bueno en realidad el hablaba y yo sorpresivamente sólo lo escuchaba. Descubrí que este hombre se ganó la voluntad de los cuerpos de rescate y hasta de la primera dama del Estado, quien le consiguió trabajo en el puerto local.  Su historia, guardada en mi memoria con recelo, me permitió acercarme por primera vez a la fuerza de la esperanza y al deseo personal de hacer frente a la adversidad.

Este hombre fue mi primera gran historia, una no buscada y hasta ahora no contada que siempre me ha servido de palanca, pues cuando algo me golpeaba con fuerza recordaba sus acciones, recorría en mi mente su relato y nuestras conversaciones.

La tragedia de otro me enseñó que el instinto es importante. Que respirar es un regalo y que la vulnerabilidad no es un gesto de humildad sino una condición de humanidad. Que se necesita una gran fortaleza de espíritu para chocar de frente contra la adversidad y aún así no rendirse. Que siempre podemos transformarnos, repensarnos, hacernos más amables y agradecidos. Que los imponderables ocurren de la misma forma en que pasa la vida. Que ante esos hechos dar no es un gesto, sino una necesidad personal. Que frustrarnos no resuelve los problemas y que incluso en las situaciones más adversas organizarnos y actuar siempre es la mejor decisión.



sábado, 29 de abril de 2017

Cuando los demonios se juntan sólo el amor y la ternura pueden contenerlos

Quizás vamos avanzando a pasos agigantados. Quizás la tecnología ha invadido todos o casi todos los ámbitos de nuestra vida, pero lo cierto es que pareciera que la civilización avanza y la humanidad retrocede. Y mientras más nos acercamos a la comprensión de nuestro entorno,  menos nos enfocamos en trabajar en nosotros mismos.

La globalización y la hiperconectividad han llegado a su climax y la verdad  sorprende profundamente que lo que se vislumbraba como el mayor logro de la humanidad – la ruptura de las fronteras reales y mentales- esté cayendo en este torbellino de pasiones que lleva a la separación de países que construyeron uniones, a guerras sin precedentes con millones de refugiados y a dictaduras donde el cinismo y el personalismo se ocultan tras la complicidad de quienes reducen la democracia a una elección.

Me temo que mientras la conciencia colectiva se desdibuja  no nos queda más remedio que  darle la razón a quienes afirman que con la 4ta revolución industrial-  esa de la que tanto se habla- se acabó la seguridad del mundo estable, y ante la incertidumbre estamos dejando de pensar para sentir sin control desde los más profundo de nuestro sistema límbico.

Miedo, Rabia y Tristeza,  tres de las cinco emociones básicas a través de las cuales interpretamos el mundo están presentes y más alborotadas que nunca. Nos ufanamos de nuestros viajes espaciales, de nuestra capacidad  para descifrar el genoma humano,  pero aún no logramos dominar la cara oscura de nuestros demonios.

La emocionalidad desbordada de una sola persona es alarmante, la emocionalidad desbordada de un pequeño grupo es explosiva. Pero cuando son miles las personas movidas por estas emociones  las consecuencias son peligrosísimas. ¿O es que acaso Mussolini, Hitler y  Franco actuaron en solitario?
Hoy, como nunca antes, voy a hacer un llamado personal. Necesitamos reencontrarnos con el amor y la ternura en nuestro interior y por ello utilizaré respetuosamente la  letra de la canción venezolana de mayor difusión en el mundo.

“Cuando el amor llega así de esta manera
uno no se da ni cuenta
el carutal reverdece,
y guamachito florece
y la soga se revienta…

El potro da tiempo al tiempo
porque le sobra la edad,
caballo viejo no puede
perder la flor que le dan
porque después de esta vida
no hay otra oportunidad”.

Espero que su autor, Simón Díaz, desde el cielo respalde mi deseo de convertir su inmortal canción en una plegaria, que lleve a los corazones de quienes lean estas líneas la inspiración necesaria para entender  que “aunque después de esta vida no hay otra oportunidad” el mejor muro de contención para la rabia, la tristeza y el miedo son la ternura y el amor, dos sentimientos con una fuerza impresionante  que logran hacer reverdecer el carutal y reventar la soga.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Ni un Calimero más

A muchos este nombre no les sonará, pero a otros estoy segura que sí.  En la época en que la TV era la reina de los hogares, no existía control remoto y las comiquitas en lengua española no tenía doblaje con acento neutro, los pequeños y no tan pequeños nos deleitábamos con la inocencia y dulzura del pollito Calimero, un animé creado en Italia, pero inmortalizado en España, que volvió célebre la frase "Es una injusticia".


Con el paso de los años, Calimero se convirtió en la imagen de las persona quejumbrosas, que se victimizaban ante las circunstancias de la vida, e incluso se popularizó el "Efecto Calimero", el cual hacía referencia a quienes clara y abiertamente se declaraban víctimas de las circunstancias. Pero como todo en la vida este concepto -más popular que científico- mutó, y ahora nos encontramos frente a una amplia gama de Calimeros a los que vale la pena reconocer, sobre todo si forman parte de nuestro sistema relacional o familiar. 
¿Pero, qué caracteriza a los "calimeros" de la nueva era?   

1) Los Calimeros Pasivos: son aquellos que conservan la visión inicial del concepto y le echan la culpa de todos sus males a las personas a su alrededor, pues nunca son responsables de lo que ocurre. Según ellos la culpa es de los políticos, de los corruptos, la sociedad, la iglesia, el internet... y tras un rato de escucharlos uno termina por preguntarse ¿Será que esta persona sabe que los políticos los elegimos nosotros, que los corruptos reciben los sobornos que nosotros les damos, que la iglesia somos nosotros y que nosotros podemos controlar, regular o limitar el acceso o uso que le damos al internet? La verdad pareciera que no, porque en los "Calimeros Pasivos" cuesta evidenciar la autoconciencia.

2) Los Calimeros Caraduras: Para entenderlos les pido que piensen en un embudo, porque así opera su sistema relacional.  Los "Calimeros Caradura" se merecen el lado amplio del embudo, mientras que el lado angosto es para los otros. Por tanto siempre piden favores, pero dan poco o nada a cambio, y cuando no se les complacen sus caprichos o satisfacen sus necesidades arranca la crítica y el chantaje emocional. Literalmente se aprovechan de los demás, aunque no siempre de manera consciente.

3) Los Calimeros IQ alto: Son perfectos o semi perfectos y nunca reconocen los méritos de los otros ni hablan positivamente de ellos.  Nada les complace ni es lo suficientemente bueno, creen que las personas que les rodean son -por naturaleza- incapaces, e intentan imponer su punto de vista y forma de vida a los demás. Se creen poseedores de la verdad y la razón. Normalmente poseen un IQ alto, lo cual -debo aclarar- no significa que sean inteligentes. Simplemente poseen destrezas cognitivas que utilizan para criticar o generar respuestas para todo o casi todo. Se imponen a través de la humillación, la supremacía del poder o el irrespeto. Retan, prueban y castigan. Y en el fondo solo esconden su indefensión, inseguridades, ansiedad y temores.

Cuando estamos delante de estos "Calimeros" lo primero es NO otorgarles el poder de hacernos caer en su juego. Nosotros decidimos si jugamos o no. Si se trata de un familiar, de un colega o incluso de un superior, es preciso entender que existe una distancia muy grande entre una crítica constructiva y una que nos afecta emocionalmente. 

Un feedback correctivo jamás debe sustentarse en una opinión. El mismo se realiza desde la descripción de un hecho concreto y el análisis de las causas y consecuencias de lo observado.

A los "Calimeros" se les desarticula desde la asertividad, desde la defensa del derecho que tenemos a equivocarnos y a vivir nuestras propias experiencias, a elegir nuestras amistades, nuestras querencias y, por supuesto, a evitar que nos manipulen.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Eres rápido, fuerte e inteligente ¿y qué tan bueno eres para cambiar?

Cambiar es quizás una de las tareas más difíciles para los seres humanos, sin embargo, si queremos salir airosos de la vida es fundamental entender que  "todo llega, todo pasa y todo cambia". Entonces ¿por qué nos cuesta tanto cambiar?

Explicaciones para esto hay miles, que si el aprendizaje, la generación, las barreras biológicas innatas, los factores psicológicos, etc..etc..etc.. pero pareciera que en esta búsqueda constante de las explicaciones que nos permiten justificar nuestras resistencias, perdemos de vista la comprensión de que el cambio es una actitud, es decir, está compuesto por tres (3) elementos:  lo que pensamos (componente cognitivo), lo que sentimos (componente emocional) y lo que hacemos (componente conductual). Por tanto, al pasar del punto A  al punto B recorremos un camino que se ve influido por lo que pensamos, lo que sentimos y cómo unimos el pensamiento y la emoción para transformarlo en un comportamiento.

Las actitudes son formas de respuesta y rara vez son un asusto individual, generalmente las aprendemos de los grupos que nos producen simpatía y esto no solo es peligroso, sino que puede servirnos para explicar por qué en una era de avances tecnológicos, globalización y ruptura de paradigmas, en vez de mostrarnos dispuestos a aceptar los cambios nos anclamos en el pasado y aunque el mundo nos empuja al punto B hacemos hasta lo imposible por permanecer en el A.

Y es que para que podamos tener una carga afectiva a favor o en contra de algo, es necesario que exista también alguna representación cognoscitiva de ese algo, y lo que suele ocurrir es que sólo tenemos opiniones sobre lo que conocemos, ya que lo que NO conocemos, es nuevo y llega de repente a nuestras vidas para sacarnos de nuestra zona de confort y obligarnos a reaprender y a pensar, lo cual siempre resulta en un esfuerzo extra. Así que es más fácil, más cómodo y menos complejo tomar lo conocido, incluso si no nos gusta, porque al menos sobre ello tenemos una opinión.

Quizás esta sea la razón por la cual, cuando socialmente la humanidad se exige a sí misma redescubrirse y refundarse, lo cual implica cuestionar nuestras creencias y forma de ver el mundo, optamos por apoyar a quienes nos recuerdan lo conocido, lo que siempre ha sido y sobre lo cual no necesitamos mucha meditación, ya que simplemente nos gusta o no.

Parece una paradoja y confío en que exista forma de salir de ella,  pues la vida, en su movilidad constante solo nos presenta una alternativa: o desarrollamos la capacidad de cambiar o irremediablemente seremos cambiados, pues el mundo no va a detener en su evolución y de nosotros depende que la misma ocurra sin los traumas del pasado o que se genere un caos absoluto y la naturaleza deba realiza su proceso natural de selección corroborando los postulados de Charles Darwing “Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes;  sino aquellas que se adaptan mejor al cambio”


martes, 8 de noviembre de 2016

¿Quiéres adolescentes sanos? Dedícales tiempo, una lección que debemos aprender de los Milennials

Sé que voy a adentrarme en un tema sensible, pero tenemos demasiados años excusándonos en el concepto de "tiempo de calidad" para driblar nuestras propias deficiencias y de alguna forma sentirnos "menos culpables" por querer vivir nuestra vida - personal y profesional- alternando nuestras necesidades financieras, deseos y anhelos con la crianza de otro ser humano.

Por supuesto que estoy a favor del desarrollo individual, creo que tenemos en esta vida muchas más cosas por hacer que simplemente ser padres. Sin embargo, no podemos escapar a una realidad: Formar a un nuevo ser  y ayudarle a convertirse en una persona integral no es posible con un contrato part time.

Si bien en cierto que los especialistas en la materia refieren que los rasgos de personalidad  y las conductas se anidan  hasta los  7 años de edad, no es sino hasta los 11 o 12 años cuando el individuo comienza a explorar por sí mismo el mundo y a auto reafirmarse.

Erróneamente los padres nos sentimos "liberados" pues el muchacho ya creció y puede valerse por sí mismo,  muy a nuestra conveniencia. Y es aquí donde elegir entre "tiempo de calidad" vs Calidad y Tiempo es fundamental.

No podemos criar a nuestros hijos como lo hicieron nuestros padres con nosotros. La realidad es que el mundo cambió y por tanto debemos aprender sobre la marcha no solo a vincularnos con nuestra nueva forma de vida, sino también a relacionarnos con nuestros retoños que obviamente están cambiando.

Quizás ellos ya no nos necesitan para hacer una tarea o para prepararse un sandwich, pero sí es fundamental que estemos allí para algo más que darles órdenes o instrucciones sobre lo que creemos correcto e incorrecto.

Ellos están experimentando su mundo, no el nuestro, y por lo tanto necesitan una visión de contraste, hablar abiertamente sobre sus experiencias y esto no puede lograrse apegados a un horario meticulosamente diseñado a nuestro favor.

Nos levantamos a las 5 y 30 am y comienza nuestra locura, la que elegimos voluntariamente y a la cual nadie nos obligó.  Hay que cumplir con los tiempos, darle desayuno al muchacho, llevarlo hasta el colegio recitando las instrucciones que tenemos para ellos en el día y luego salir a toda velocidad a nuestro trabajo donde tenemos mil y un pendientes, porque seamos claros, mientras mejor formados estamos, mayores son nuestras responsabilidades.

Con suerte a medio día salimos y los buscamos -hay muchos que ya son grandes y se van solos o en transporte- y en esos 35 minutos, más unos 35 de la comida, montamos nuestro interrogatorio ¿Qué hiciste? ¿Qué te dijo la maestra o el profesor? ¿Cómo saliste en la exposición? ¿Qué tienes para mañana? etc..etc.. etc.. y yo me pregunto ¿Son éstas verdaderas conversaciones? ¿Exploramos aquí sus emociones, esas que se están formando? ¿Mostramos interés por sus problemas reales, esos que vienen de exponerse a otros, socializar, aprender y crecer?

Cuando llegamos en la noche a casa, porque lamentablemente si somos estrictos en el horario y salimos a la hora pautada de nuestros centros de trabajo, debemos hacer frente a la congestión vehicular de rigor, estamos realmente exhaustos, cargados de pensamientos y de pendientes  por resolver y muchas veces debemos seguir trabajando. Entonces volvemos a ver a nuestros hijos que obviamente están pegados a la TV o a la computadora y lo más inteligente que se nos ocurre es retomar el checklist y hacer  preguntas "profundamente inteligentes" cómo:  ¿Hiciste la tarea? ¿Arreglaste tu cuarto? ¿Coordinaste con tu equipo la reunión para el trabajo tal? ¿Acomodaste tu ropa? ¿cenaste? etc..etc..etc... y vale la pena detenernos otra vez  para preguntarnos ¿Es en serio? ¿Este es el tiempo de calidad que pasamos con nuestros hijos?

Pero la cosa no termina allí. Si algo no se realizó de acuerdo a nuestra instrucciones arranca el show, ese que viene cargado de recriminaciones y cuestionamientos porque "tú menganito, no asumes responsabilidades y  no entiendes que todo lo que hago lo hago por ti, para que tengas wifi, cable, una casa decente, comida, ropa y la mejor educación"... Disculpen, pero con cada uno de estos discursos lanzamos al retrete nuestras buenas intenciones y el amor paterno.

El "Tiempo de calidad"  NO existe, lo que existe es Calidad y Tiempo y estos se logran al llegar a casa agotado por un día difícil y asumir que allí nos esperan seres que necesitan de nosotros emocionalmente;  que trajimos al mundo porque nos dio la gana y  por tanto requieren de nosotros de forma integral.  Personitas  con las cuales debemos desarrollar conversaciones reales desde su mundo. Desde un meme que describe una situación, desde un cuento "medio incoherente" sobre que a fulanita o a menganito le gusta... desde una historia de algo que pasó en el día,  o desde un "enséñame ese juego que quiero aprender".  

Calidad y Tiempo se dan sin interrupciones, sin cuestionamientos, sin querer imponer agendas. Nacen de un comentario simple, de una anécdota,  de un vídeo que se volvió viral o de los cientos de likes que le da la tía X  a cada foto relacionada con la familia.

Esa es la lección que tanto los Baby Boomers como los Gen  X  debemos aprender de los Milennials, una generación a  la que se le critica su supuesta "falta de compromiso y responsabilidad" pero que fue criada a la luz del paradigma del "tiempo de calidad"  lleno de checklist y 5 minutos de instrucciones.  Un grupo de adolescentes que cuando pasó a la adultez se volvió en contra el "status quo", sobre todo porque encontraron que en la ecuación tiempo de calidad-trabajo ellos fueron los sacrificados, y quizás por ello, en un instinto de aprendizaje evolutivo, decidieron pararse firme y optar por:  No traer hijos al mundo si no pueden cubrir financiera y emocionalmente sus necesidades y jerarquizar el tiempo  para darle prioridad a los momentos para compartir, disfrutar y estar en cuerpo y alma junto a las personas que quieren.

Así que quizás, solo quizás, esta generación no solo rompió los paradigmas tecnológicos, sino que rompió los paradigmas del tiempo, para enseñarnos que los hijos no necesitan "tiempo de calidad" sino Calidad y Tiempo.

lunes, 31 de octubre de 2016

Negociación: ¿Un concepto aterrador?

Tengo meses leyendo, escuchando y pensando en lo contradictorio que resulta que el concepto de negociación sea satanizado en el campo de la sociedad, pero tan bien ponderado en el de los negocios.

Resulta que para dirimir las diferencias políticas, religiosas, sociales, culturales y de autodeterminación de los pueblos no hay cabida para las negociaciones. Sin embargo, la negociación es una competencia requerida para todo aquel que desee insertarse con efectividad en el campo laboral.

¿Por qué le tenemos tanto miedo a negociar? ¿Qué hace que validemos la efectividad estratégica de la negociación en el campo laboral, pero que nos neguemos a considerar su existencia en nuestra cotidianidad relacional y humana?

Me voy a atrever a dar mi opinión, como siempre dispuesta a que sea rebatida y para ello voy a comenzar por darle forma a lo que conozco como negociación.

De acuerdo al modelo de negociación de Harvard, el que entiendo es uno de los más difundidos y apreciados en el ámbito corporativo, las negociaciones se aplican, sobre todo, cuando dos o más partes no pueden ponerse de acuerdo en algo o no se escuchan. De allí que se decida hacer uso de una discusión estructurada en la que se establezcan objetivos claros y precisos, para que se logren puntos de equilibrio convenientes para las partes.

Cuando se negocia se establece una agenda de objetivos y cada parte fija lo que se conoce como Mejor Alternativa de Acuerdo Negociado (es decir, conocer que es lo máximo que se va a ofertar y lo mínimo que se va a recibir, teniendo claridad en la fuerza, o mejor dicho, del peso que cada parte tiene para poder ejercer presión). Les cuento que así –a groso modo- se presenta la temática en las escuelas de negocios y se forma a los negociadores en los distintos tipos de negociación.
Pero cuando nos adentramos en los problemas que se nos presentan como sociedad, entiéndase diferencias políticas, religiosas etc…etc… resulta que lo que priva en nosotros es el concepto de “Juego de Tronos” y regresamos a la era medieval, dejando de lado cientos de años de aprendizajes y teorías.

¿Pero por qué ocurre esto? Pues yo aquí solo voy a plantear algunas de mis reflexiones personales.

1) Nos enseñaron y así lo replicamos, que cuando uno gana otro debe perder… en juegos de mesa, de sala, de campo de vida. Y para remate, quienes apoyan al ganador sienten un placer inmenso al regodearse en la certeza de haber tenido la razón y poder restregarle al contrincante “su verdad”.

2) Nos aferramos a nuestras creencias y por tanto las convertimos en verdades que no revisamos por nada del mundo. Por eso si las cosas no son como decimos nosotros, simplemente no son.

3) En nuestro ADN está instaurado el concepto de que quien no piensa igual a nosotros es nuestro enemigo. Nos llenamos la boca promulgando la pluralidad y las libertades, pero en el fondo ni creemos en ellas, ni las aplicamos, pues lo que priva es siempre nuestra opinión.

4) Como primates que somos valoramos al más fuerte. Nos encantan los “bravucones que saben imponer su punto de vista y usan la retórica para vencer”, porque al final el objetivo es ganar.

Vale la pena que reflexionemos un poco sobre nuestras contradicciones como sociedades y que con un poquito de suerte empecemos a comprender que los errores, en lugar de volvernos suspicaces, nos invitan a ser flexibles y poner todo el empeño en aprender y mejorar con cada experiencia.

En la vida, como en los negocios, es necesario que seamos buenos negociadores, que tengamos claridad sobre las concesiones que estamos dispuestos a ofrecer a los otros y que sepamos que ellas nos ayudan a lograr el próximo movimiento, ese que necesitamos cuando queremos salir de un punto muerto, sin avance, sin progreso y sin salida aparente.

martes, 25 de octubre de 2016

Cuando ya no se tienen 15

Cuando ya no se tienen 15, ni 25, ni 35 años de edad y para completar se vive en Latinoamérica siendo mujer, se inicia una cruzada contra el estigma de la edad que termina por convertirse en una guerra psicológica sin cuartel.

Resulta que vivimos en la llamada era del Neuroliderazgo, hablamos con propiedad de la llegada de los Milennials a los puestos gerenciales (cuya primera oleada, he de recordar tiene hoy 35 años) e investigamos sobre los Z  (que vienen pisándoles los talones), pero aún en las ofertas de empleo encontramos requerimientos como : "Mujer de entre 25 y 35 años de edad, con título universitario, maestría, post grado y experiencia comprobada de no menos de 5 años"... y yo me pregunto; ¿Es en serio?

¿Y qué pasó?, por qué en pleno siglo XXI cuando la esperanza de vida de un ser humano -latino- es de por lo menos 75 años, la adolescencia dura hasta los 21 y nadie que no sea Sheldon Cooper de Big Bang Theory se gradúa de pregrado antes de los 23 años (siendo aplicado y no reprobando nada) y, además, se necesitan al menos dos años para cursar estudios especializados, se reduce la vida útil laboral de una persona a sólo 10 años.  ¿De verdad una mujer de 38, 40 o más es una vieja obsoleta? Discúlpalos Jennifer Lynn López (J Lo) que no saben lo que dicen.

Mantener hoy este tipo de pensamiento, propio de la época de las cavernas, no tiene asidero alguno. Las horribles mujeres de 35 y más, tuvieron PC en la universidad, entraron a la era tecnológica de adolescentes y se desarrollaron como profesionales usando y probando todas, absolutamente todas las tecnologías de la información.

Debo recordarles a los más aferrados a este paradigma que Steve Jobs nació en 1955 y murió en 2011, a los 56 años de edad,  y nadie en su sano juicio lo calificaba como viejo. Peor aún, las mujeres de 36, 40 y 45 años de edad nacieron cuando este "joven" ya estaba tratando de adueñarse de Silicon Valey.

Si tienes más de 35 años tu experiencia está sobre valorada,  y en muchos casos también la feminidad.  Y la verdad esto da pena, pues las habilidades blandas, esas que tanto se necesitan para liderar, normalmente no vienen de paquete y se adquieren a lo largo de la vida, aprendiendo por ensayo y error y por supuesto, uno que otro buen entrenamiento.

Yo no voy a decir que la edad no importa, obviamente es un indicador, sin embargo he de aclarar que ya no estamos en los años 40' o 50' cuando a los 55 años de edad las mujeres se vestían con ropa por debajo de las rodillas y esperaban tejiendo o bordando a que llegaran los nietos o la muerte. Y perdonen la crudeza, pero es que sentadita en mi Canapé me ha tocado escuchar más de una historia que hace justo y necesario hablar con franqueza.

Hoy en día las mujeres  profesionales -si deciden dar a luz- lo hacen entre los 33 y 40 años- lean las estadísticas, cuando sienten que están preparadas psico-emocionalmente para el reto.

El cerebro no envejece con los años, de hecho es el único órgano que no envejece con la edad. La neurociencia ha demostrado que el cerebro se torna lento y pierde facultades por la falta de uso, por la ausencia de retos y sobre todo por los efectos de la mente, y por eso creo necesario aclarar que el cerebro (que es materia, es decir física + química o mejor dicho neuronas + conexiones) tiene un paradigma unidireccional con la mente (que es pensamiento + emociones) por tanto, un daño cerebral afecta la mente y un daño en la mente afecta al cerebro.

Y hago referencia a esto porque si bien es cierto que existe una edad fisiológica, la edad mental es sin dudas la más importante y eso de evaluar las actitudes y aptitudes de una mujer por un indicador cronológico es sin dudas otras de las revisiones profundas que debe realizar la sociedad, que avanza a pasos agigantados en materia tecnológica, pero que se resiste a revisar y cambiar sus paradigmas sociales.